Elogio a lo real
El hombre está habitado por silencio y vacío. ¿Cómo saciar esta hambre, cómo acallar este silencio y poblar su vacío? ¿Cómo escapar a mi imagen? Sólo en mi semejante me trasciendo, Sólo su sangre da fe de otra existencia.
Octavio Paz. Libertad bajo palabra.
I
Corta una rosa, con cuidado deposítala en un recipiente con agua, no importa si es un florero o una botella de plástico, lo esencial es que cubras sus requerimientos mínimos de subsistencia.
Lo importante es que esa flor, que se sabe extinta (por que uno la sabe así) desde el momento en que la cortaste, acepte los cuidados intensivos para que poco a poco, de manera apacible y sutil, deje de existir y parta de este mundo.
La rosa seguirá siendo bella, tal vez no por si misma, sino por el concepto de belleza que se tiene; la rosa seguirá siendo rosa, no por el hecho irrefutable, científico o simbólico que la envuelve y la llena de una esencia inconfundible con olor, sabor y aspecto de rosa, sino por la imagen que se tienes de ella…¿y qué evoca esa imagen?
Esa imagen trae a la cabeza mil pensamientos distintos, tal vez recuerdes a alguna amiga, probablemente alguna despedida, un ser querido que se fue, algún ser humano que llegó… tal vez recuerdes un funeral o alguna graduación.
Aquella rosa (del latín rosa: flor del rosal, y según la RAE, notable por su belleza, la suavidad de su fragancia y su color, generalmente encarnado poco subido. Con el cultivo se consigue aumentar el número de sus pétalos y dar variedad a sus colores. Suele llevar el mismo calificativo de la planta que la produce) tal vez active algún recuerdo sepultado en lo más profundo de tu conciencia, y ese recuerdo a su vez desencadene una serie de reacciones químicas, un torrente de impulsos eléctricos exquisitamente creados con un fin único e irrepetible: recordar a una persona en específico, o un lugar determinado, en un momento bien definido.
Ahora bien, ese ser vivo reposando en su lecho de muerte es capaz de provocar una gama infinita de recuerdos, sentimientos y sensaciones… desde las agradables y felices, hasta las tristes y dolorosas, tal vez incluso provoque cierta indiferencia, pero irremediablemente, el cerebro se llenará de impulsos eléctricos, síntoma de que experimentas un fenómeno natural llamado vida, o un fenómeno filosófico llamado “realidad”.
Esa rosa roja, o tal vez blanca o amarilla, en aquel recipiente lleno de agua, me recuerda a una mujer tendida en la cama (puede llamarse como sea), me recuerda pétalos rojos esparcidos delicadamente sobre la alfombra blanca de su cuarto, también recuerdo los pétalos flotando suavemente sobre la tina, y sobre todo, esa rosa muerta, me recuerda un cuerpo desnudo escarchado de pétalos.
Cómo olvidar sus pezones, escondidos tras esas múltiples manchas rojas, y más aún, cómo olvidar la petit morte de esa mujer, tendida, húmeda, jadeante, exhausta, disfrutando calladamente de aquellas pequeñas muertes, de aquellos escalofríos febriles que poco a poco se desvanecen, igual que la flamita de una vela en extinción, hasta morir
Qué increíble cadena de azares, sucesos cósmicos, de reacciones eléctricas, aquella que se produce al observar un objeto creado por el mismo hombre, porque…una rosa roja, al fin y al cabo, no es otra cosa que un conjunto de signos y símbolos ancestrales creados por el ser humano, ¿verdad?
¿O acaso la rosa existiría sin el hombre? Es como afirmar que esa mujer que yo recuerdo hubiera tenido orgasmos múltiples aquella noche sin mi, es como afirmar que una esfera de granito, luminosa, llena de fuego y estrellas en su interior, flotando itinerantemente sobre los océanos del mundo durante toda la eternidad (del latín aeternitas: f. Perpetuidad sin principio, sucesión ni fin), pudiera existir sin la presencia del hombre.
Que increíble dominó metafísico el que se juega en ésta vida, que hermoso es acomodar las fichas sin verlas, en fila, una detrás de otra, y con un delicado toque, empujar la ficha blanca, con la rosa roja grabada en ella, y ver cómo poco a poco, esa pieza choca con otra, y ésta a su vez con la que le sigue, hasta llegar a la última ficha, tomarla delicadamente, y observarla… ¿cuál es esa ficha?
En mi juego, esa ficha fue aquella mujer sin nombre y sus muertes chiquitas, en cualquier otro juego, muy probablemente la ficha sea otra…y así sucede, sucedió y sucederá cada vez que alguien acomode las piezas: los azares, las coincidencias, los impulsos eléctricos y demás ingredientes cósmicos de este gran experimento llamado conciencia (del latín conscientĭa: f. Propiedad del espíritu humano de reconocerse en sus atributos esenciales y en todas las modificaciones que en sí mismo experimenta).
Resulta un misterio, del mismo modo, esa sutil, pero profunda y rotunda esencia de finitud y caducidad presente a nuestro alrededor, e incluso en nosotros mismos.
Es confuso, y hasta peligroso, intentar develar el misterio, es mejor quedarse con la idea de que el juego de ordenar las fichas tiene un comienzo y un final y punto, igual que la rosa que se corta de una maceta, igual que la biografía que he venido escribiendo de la mujer que amo, igual que mi vida o la de un extraño, o la de Jesús, si es que existió, si es que acaso no fue producto de la conciencia colectiva e histórica.
Incluso el amor, el odio, la felicidad, la tristeza y todas las demás creaciones humanas que se me escapan de momento son pasajeras, todas nacen y todas mueren, a pesar de aquel ingenuo que dijo que mientras alguien se quede en nuestros recuerdos, vivirá por siempre.
¿Acaso Jesús está vivo?, ¿acaso Luther King, la madre Teresa de Calcuta, Alighieri, Morrison, o Lenon están vivos?, ¿alguna vez existieron, o sólo fueron gracias al ser humano?…¿Acaso el ser humano “es” por obra y gracia del mismo hombre?
La ciencia argumenta por si misma la realidad inminente de la finitud de la cosas, la ciencia dice: Ya no hay función cerebral en tal o cual individuo… la ciencia decreta que tal lo cual individuo ha dejado de producir impulsos eléctricos… la ciencia te regala un encefalograma o un electrocardiograma y define el estado final: has muerto.
Lo mismo sucede con la rosa, o el tulipán, o un lobo, o un gato o un árbol: la ciencia delimita su esencia y su temporalidad, y de repente, en un abrir y cerrar de ojos, todo muere a tu alrededor, y tú, que formas parte del “rededor” de alguien más, tienes el mismo destino acechándote poco a poco, segundo a segundo; e irremediablemente, algún día, morirás.
¿Y sólo por ese grosero fenómeno de descomposición y transmutación (transmutar: del latín transmutāre: Mudar o convertir algo en otra cosa) todo se acabará? ¿Acaso al morir se deja de existir?
Yo creo que si…irremediablemente dejamos de existir, pues la cadena de causas, consecuencias, coincidencias y relaciones que nos mantendrán presentes en la memoria del hombre, algún día se romperá, y eso, en resumidas cuentas, significa que algún día, esa última ficha de dominó será empujada por la que tiene detrás, y la reacción cósmica llegará a su fin, y dejaremos de existir.
Cúlpenme por ser fatalista y negativo, por ser realista, o tal vez por cumplir al pie de la letra con esta filosofía posmoderna que me tocó vivir. Una parte de mí cree en la reencarnación y en la posibilidad de regresar una y otra vez.
La posibilidad de un constante y eterno regresar, la probabilidad de vivir en un eterno círculo en donde todo se repite, donde todo es parecido… todo igual pero diferente, donde la forma es cambiante pero el fondo resulta ser el mismo. Una espiral intangible, inconsciente, infinita, imperecedera, donde el alfa es el omega, y el final es el principio.
…Después de todo, ¿quién puede afirmar que la ciencia (del latín scientĭa: Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales) existe fuera del hombre?
Al fin y al cabo, ¿no habíamos quedado que una rosa sólo es lo que es por obra y gracia del hombre?
Luego entonces, la rosa es nuestra creación y nosotros su dios (del latín deus: Ser supremo que en las religiones monoteístas es considerado hacedor del universo)… cada cosa que exista será esclava de un único e irrepetible dios, y nosotros nos hemos proclamado dioses por obra y gracia del signo y del símbolo.
Somos dioses desde el momento en que la otredad (condición de ser otro) comienza a definirse, y precisamente logra esa definición no por si misma, sino por mi, por ti, y por fulano de tal o sultana de tal, e incluso por otros…
Un dios define, crea, organiza, sintetiza, produce sistemas autorregulables, independientes del núcleo primigenio, es decir, independientes del mismo dios, pero provenientes de él. Un dios genera a partir de la nada; produce símbolos, signos, reglas, leyes, axiomas, corolarios, postulados… todo autónomo, autorregulado, creado por obra y gracia de quien le dio nombre y lo definió.
II
Ahora, me queda una última pregunta que me quema las entrañas… ¿de qué Dios soy yo, un esclavo?…
¿Acaso yo soy también, como aquella rosa, un mero invento de algo más?
¿Acaso las personas con quienes nos relacionamos, de forma directa o indirecta, son un invento mío, y a su vez ellos son por obra y gracia de aquello que los creó, si es que aquello existe?
¿Acaso yo le estoy dando vida a alguien, y ese alguien respira, siente, sufre, llora, es cruel o no, ríe, come o fuma en un mundo paralelo, tan ajeno a mi, su creador, que tuve la salvaje y primigenia necesidad de inventarlo con palabras?
Con cada trazo de mis manos voy asesinando poco a poco aquello que creo, con cada frase también lo lleno de aliento vital, incluso las creaciones pueden llegar a volar si uno lo desea. A pesar de todo esto, son tan reales como el mar o las estrellas.
Es precisamente por todo esto que he llegado a pensar que el hombre vive a un paso de ser un dios, aunque también he llegado a pensar que el hombre es el lobo del hombre.
Uno puede observar cómo poco a poco se convierte en un dios. Poco a poco se crea un universo, un conjunto de reglas, una serie de factores y eventos que irremediablemente han decretado la existencia de alguien o de algo más.
El ser humano es un universo que jamás se conocerá a la perfección…Las piezas del dominó son tantas, que mentiría si llego a decir que conozco la última que caerá, aunque esa ficha pueda ser, en mi realidad, yo mismo.
