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Con dinero baila el perro… y sin dinero…

Uróboros

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Ojo. Por Alejandro Espinosa

I.

Esa penumbra sólida, espesa, apenas marcada por unos pincelazos débiles de luz naranja, se colaba por entre las ideas, impidiendo la claridad que supondría un par de tazas de café.

Resultaba enfadoso pensar, la conciencia se mantenía lúcida con desgana y la vista a ratos se hacía borrosa, como cuando el sueño conquista lentamente a la vigilia.

Desgano espeso y un toque de sobresalto le esperaba cada vez que, desde que alcanzaba a recordar, en aquel lugar perdido en la ciudad. Cada que ponía un pie en el pequeño salón,  reconocía con disgusto ese temblor sigiloso que produce el café cargado. Lo disfrutaba y sin embargo, sufría un poco.

La mesa que le esperaba era la misma, la mesera que atendía también era la misma. Cada vez… Por extraño que pareciese. No entendía como es que eso pudiera pasar.

La primera vez que llegó le resulto familiar el olor amargo y picante. También reconoció la atmósfera difusa. Naranja y obscura. Reconoció incluso un par de pinturas colgadas en aquellos altos muros, esos de las casas coloniales.

Pidió un café. Quería despejarse de la modorra incómoda, dolorosa… esa que aparece después de pasar 12, 16 horas tirado en la cama, soñando pesadamente, febrilmente.

Por más que se esforzaba en recordar los últimos días, el lugar lo invitaba a darle vueltas a un solo pensamiento. Apenas lograba recordar aquella mirada profunda cuando el ruido de la calle lo distraía.

Retomaba la idea al ver a la mesera. Los ojos de Citlali le recordaban otros ojos, pero la idea se desplomaba dos segundos después. Por eso iba a diario a aquella cafetería. Tenía la esperanza de vencer la espesura de la luz tenue y el aroma amargo… y encontrarla.

Al salir se dirigía a su casa. Se recostaba sobre la cama destendida… Cerraba los ojos. No se quitaba la ropa. Dormía 12… 14 horas. Mal soñaba, Siempre la misma pesadilla y la fiebre.

Despertaba al medio día, a veces más tarde. Tomaba un baño caliente. Contestaba el teléfono. Siempre el mismo pretexto: estar indispuesto…disculpas. Prometía regresar al trabajo el día siguiente. Encendía un cigarro y se miraba al espejo. No se rasuraba, tenía prisa siempre, como si al llegar al café no la fuera a encontrar.

De nuevo la penumbra, la luz naranja, el olor a café, el sonido de las tazas. De nuevo la misma mesa, la pesadez amarga y picante que le impedía pensar con claridad. De nuevo el ruido de la calle arrebatándole el recuerdo completo. Sólo esa mirada triste, idéntica a la de la mesera.

Por más que trataba, la cara, el cuerpo, la voz, el olor… permanecía borroso. A veces recordaba un nombre. Tal vez Cintia… no. Tal vez Sara… tampoco. Tal vez C…

La mesera interrumpía siempre en el momento exacto y sólo quedaban esos ojos, y el recuerdo.

Pagaba la cuenta después de 2 o 3 tazas de café. Agradecía el silencio y la atención de Citlali. A veces le daban ganas de preguntarle su nombre. Dejaba la propina y se iba del lugar. Un par de veces alcanzó a escuchar a la mesera susurrando unas palabras: “¿por qué?”… Alberto nunca se detenía a responder, prefería ignorarla.

De nuevo la cama desordenada. El sueño pesado, la fiebre. El jefe exigiéndole que se presentara a trabajar. Un regaderazo, un cigarro. Siempre esa resaca dolorosa mezclada con alfileres (cuchillos) en la espalda. Eso pasa cuando duermes 12, 16 horas.

II.

Decidió no pasar ese día a la cafetería. Se lamentó por eso, se mordió las uñas. Le dolía romper esa rutina que ya llevaba semanas, meses. Había perdido la cuenta. Tal vez cuando volviera a la cafetería ya no estaría Citlali. A lo mejor ya o la vería nunca.

Decidió ir al centro de la ciudad. Se detuvo frente a un hotel viejo y recordó algo. Había estado allí antes. Hace algunos días, semanas quizá.

Sudor frío…escalofríos, fiebre. Pero ahora no durante el sueño, sino ahí, en pleno día, frente al hotel. Entonces recordó parte de la historia. Esa mirada triste pertenecía a una mujer. Se llamaba Citlali y era asombrosamente parecida a la mesera.

…Angustia… prisa y angustia. Alberto tenía que decirle a la mesera que lo acompañara al hotel. Ella seguramente lo malinterpretaría. Rechazaría la “invitación” y probablemente le prohibiría regresar a la cafetería. Eso sería fatal.

Alberto pensó que lo mejor sería sincerarse, contarle todo. Confesarle que iba a diario para verla. Decirle tal vez que estaba enamorado de ella.

Demasiado tarde. Eran las 11 de la noche y la cafetería ya estaba cerrada desde hacía una hora.

De nuevo el sopor, la pesadez, la fiebre… la misma pesadilla. Dieciocho horas de sueño. Dolor en la espalda.

III.

Citlali habló por primera vez. Le preguntó a Alberto la razón de haber llegado tan noche, que ya casi iban a cerrar.

Por primera vez Alberto estaba bien despierto. Alerta. Le dijo a Citlali que había descubierto (más bien recordado) algo de suma importancia. Se terminó el café, pagó y se fue del lugar.

Esperó a Citlali en la esquina. Ella siempre se iba por el mismo camino. A la misma hora. Siempre sola por aquella calle obscura. Rara vez había gente por ahí a esas horas. Sólo ella… y ahora sólo ella y el.

IV.

De nuevo la misma cama destendida, pero ahora con una mujer desnuda, respirando lentamente, pálida… asustada. Aterrorizada, tal vez. Y esos ojos.

Por fin las piezas se acomodaban. Alberto habría sorprendido a Citlali al salir del café. Una invitación casual. Un “sí, vamos” inesperado. Un par de cervezas, tal vez un poco más.

Resultó fácil convencerla de ir al hotel. La familiaridad hizo lo suyo. Alberto era un parroquiano en aquel café, y siempre iba a la misma hora, siempre con una cálida sonrisa. Parecía una persona tranquila. Era simpático. Esa barba de 3 días le daba un toque especial.

V.

Al gerente del hotel no le dio buena espina ver a aquella mujer alcoholizada  y a su nervioso acompañante. Llamó a la policía. Antes esperó a que subieran a su habitación, en el sexto piso.

Fue una pesadilla. Citlali tendida sobre la cama, medio inconciente. Sangraba, gemía. Balbuceaba. Apenas se alcanzaba a escuchar un débil “¿por qué?”. Alberto salía de la ducha, encendía un cigarro. Sudaba frío.

Crispó la mirada,  dejo caer un cuhillo. Lo vio en el suelo y su mirada se crispó. Entró la policía.

Se escuchó un disparo. Órdenes. Gritos. Angustia y un olor picante. La habitación olía a alcohol y a tabaco.

Otro disparo. Una mirada aterrada, opaca, apagándose… la de Citlali. Alberto recibió el impacto, retrocedió unos pasos, se tropezó con la ropa de la mesera, se acercó a la ventana. Retrocedió más. Rompió la ventana. Alcanzó a escuchar la sirena de una ambulancia. Vio patrullas, luces rojas y azules cada vez más cerca… luego todo se apagó…

VI.

De nuevo esa penumbra espesa. La modorra… la cama destendida, el sopor, la pesadez, la fiebre… la misma pesadilla de caer en un abismo sin fondo. El olor a cigarro…una llamada telefónica… Y el recuerdo de una mirada de mujer…

 FIN

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Escrito por lacorrupcion

29 noviembre, 2011 a 11:03 am

Escrito en Sin categoría

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